Una conversación en la antigua cantina...

Una tarde rosada iba yo de vuelta a mi casa después de una agotadora jornada en la Universidad cuando ocurrió: En una calle de San Felipe que comúnmente transitaba veo una muy vieja cantina. No es que San Felipe sea tan (pero tan, tan) chico, pero no haber distinguido una cantina que parecía estar en el mismo lugar desde hace muchos -muchísimos- años no es algo que pase muy seguido.
Casi instintivamente desaligeré el paso con el único fin de mirar a los clientes (valientes hombres) que se atrevieran a tomar en uno de esos vasos y grande fue mi sorpresa cuando veo al único borracho del local, La Muerte, más o menos conocida para mí.
Tal fue mi admiración de verla tomando sola que no aguanté las ganas de entrar y saludarla: -Hola Peladita, qué dice la tarde. Pero no me contestó, ni siquiera me miró; apenas si y volvió a llenar la copa con la botella y el cuero con la copa (siempre vino). Me extrañó que me fuera tan indiferente y me senté frente a ella a mirarla. Recién entonces se percató bien de mi presencia y, aunque quiso contenerse, se largó a
llorar. Yo no tuve tiempo ni de pensarlo y más que velozmente le ofecí mi hombro, el que aceptó con mucho gusto. Sin duda no era la primera botella de vino que se tomaba...
Luego de una cantidad no despreciable de lágrimas derramadas se calmó y, apurando su vino y volviendo a llenar su copa -y la mía de paso-, me soltó el dobla'o como si se notara que necesitaba desahogarse con alguien: - Estoy tan triste, sabes (¡¿Cómo no iba a saber!?). Desde hace tanto que no paro de llorar, y cada vez que tengo tiempo me arranco a una cantina a tomarme las amarguras (No pude evitar recordar los métodos porteños para borrar odios y rencores, pero esa es otra historia). Y es que ustedes, hombres y mujeres, me han tratado tan mal que ya no soporto mirarlos a la cara.
Por siglos he tenido que escuchar sus quejas, sus fuertes repudios, sus oprobios feroces y... ¡Buen dar el ingenio que saca el humano para inventar improperios!, si tú supieras lo que día a día tengo que escuchar... Es muy triste mi rutina; día a día, tarde a tarde, noche a noche recorro hospitales, casas, calles, observando siempre al humano enfermo para evitarle sufrimientos. Cuántas veces me acerco a la cama de un hospital donde hay un viejito solo, con dolores del Diablo y, mientras duerme, le explico al oído: "Viejito, ya es tarde y estás cansado, tanto te ha dolido tu enfermedad, ya nadie te viene a ver..., vamos, ven conmigo a la casa del Padre, no hay mejor lugar para estar que ahí..." Pero llega el siguiente día (o dos, o tres o más) y empiezan a insultarme los familiares que nunca fueron, o a darme las gracias por quitarle esa molestia, o simplemente, no hay nadie que llore al viejito, nadie que me diga nada; y, sinceramente, no sé´cuál de todas las opciones me da más pena.
Y son muy pocos los sensatos que se paran a pensar y me dicen para adentro: "Gracias, estaba sufriendo mucho y ya necesitaba descansar".
¿Alguna ves te has puesto a pensar cuántos de ustedes me ruegan que venga a buscarlos?, tú ni te imaginas el martirio de escuchar esas voces tristes y cansadas rogándome por hacer algo que no puedo... ¡Qué malagradecida es la gente con la vida de Dios!
Pero sabes lo que más mal me tiene, lo que me hace sentir peor: que me interrumpan de mis visitas a los enfermos, de mis recorridos por las calles buscando gente desamparada, para ir a buscar al que perdió la pelea o la guerra, al niño que violaron o mataron -¡Angelito de Dios!-, para ir a recoger a los que venían en esa máquina que chocó, que se vino a tierra, que se hundió... ¡No hay nada que odie más que el tener que trabajar para ustedes, por sus muertes, humanos!. Yo, yo soy una creatura de Dios, al igual que todos ustedes, ¿Prometió Él acaso la vida eterna terrenal?. Yo también soy su obra, yo también le pertenezco, yo sufro por los que se quedan aquí extrañando a los que me he llevado para allá...No es fácil esta misión, amigo mío, no es fácil, pero nadie dijo alguna vez que lo sería...
-No puedo negar que sus palabras me provocaron mucha pena, nunca me había puesto en su lugar, jamás imaginé lo mal que estaba ni sus motivos para beber. Intenté consolarla explicándole cosas: que el mundo está cambiando, que cada vez el ser humano entiende más la vida y que nos dé tiempo para comprenderla a ella también, que la savia nueva sabemos que no es ella nuestra enemiga, que no importa la cantidad, sino la calidad de la vida.
Una vez en mi casa volví a pensar en esa conversación en la antigua cantina y no sé por qué, pero pensé que lo más probable es que no volvería a ver esa cantina, a lo menos, por mucho tiempo; y hasta ahora, así ha sido...

1 Comments:
...triste pero cierto, la acción no debiese condenar al actor en todos los casos (en especial en este). Me has echo pensar muchisimo (tanto tiempo que alguien ajeno a mi lo hacia), eso es bueno de vez en cuando.
Ja, que extraño ¿sabes?, tambien hago visitas temporales a lugares similares, en donde el que no llora es porque realmente no está ahí...
Publicar un comentario
<< Home